Cuaderno de Señales

Por qué decidí aprender a leer el tarot para sanar mi duelo

2026.06.20

Una tarde de finales de noviembre, el sol de Arequipa se escondía detrás del Misti con una furia anaranjada que solo nosotros conocemos bien. Estaba sentada en mi balcón de Yanahuara, a unos 2335 m s. n. m., donde el aire es tan delgado que a veces parece que los recuerdos pesan más. Tenía mi cuaderno verde de lino sobre las rodillas, ese donde anoto las cosas que no tienen explicación desde que mamá se fue hace 5 años. Pero ese día, las páginas se sentían insuficientes. Escribir 'sentí olor a su crema de manos a las cuatro de la mañana' ya no me bastaba; necesitaba algo que me devolviera la mirada, un espejo que no fuera solo mi propia letra cansada después del turno en la clínica.

Antes de seguir, una aclaración necesaria entre nosotros. En este rincón de mi diario vas a encontrar algunos enlaces a Hotmart; si decides entrar a un curso de los que menciono, me dan una pequeña comisión sin que a ti te cueste un sol más. Solo hablo de lo que yo misma he estudiado en mis noches de guardia o mis domingos de silencio, pero no tomes esto como una verdad absoluta. Soy auxiliar de enfermería, no una guía espiritual ni una experta en nada. Esto es solo mi proceso, y si tu duelo se siente demasiado pesado, ya pues, busca a un psicólogo profesional; a veces las señales no bastan y hace falta alguien que te sostenga la mano de verdad.

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La necesidad de un lenguaje que no use palabras

Durante mucho tiempo me pregunté si estaba notando señales de mamá o si era mi imaginación proyectando lo que me falta. En la clínica, cuando salgo del turno de noche por la Av. Goyeneche, veo a tanta gente buscando respuestas en los lugares equivocados. Yo misma me sentía así. Mi cuaderno verde estaba lleno de dudas: el reloj de la cocina que se cayó justo el día de su santo, el sueño recurrente en el Mirador de Yanahuara... detalles sueltos que no terminaban de armar un puente.

Fue durante las primeras semanas de enero cuando entendí que el duelo no es un camino en línea recta, sino un laberinto de imágenes. Me di cuenta de que necesitaba una herramienta con estructura. Algo que me permitiera 'dialogar' con ese vacío sin sentir que me estaba volviendo loca. El tarot apareció no como una forma de adivinar el futuro —qué bestia, como si el futuro importara cuando te falta el pasado—, sino como un sistema de símbolos. Un alfabeto visual para lo que no tiene nombre.

Me puse a investigar y me topé con el CURSO DEL TAROT. Era barato, apenas cuarenta dólares, y para alguien que trabaja a tiempo parcial y cuida los gastos del departamento, era un riesgo que podía asumir. No buscaba certificarme como médium, solo quería entender qué hacían esas figuras de cartón en las manos de la gente que dice sanar.

El sonido de las cartas a las cuatro de la mañana

Hay algo muy físico en el tarot que no esperaba. El sonido seco de las cartas al mezclarse sobre la mesa de madera de mi sala, rompiendo el silencio absoluto a las cuatro de la mañana, se volvió mi nuevo ritual. Es un chasquido rítmico, casi como el pulso de alguien en el monitor de la clínica, pero más cálido. Me sentaba ahí, con mi café, mirando cómo la luz de la luna golpeaba el sillar blanco de las paredes, y repartía las cartas sobre el mantel que mamá bordó.

Me pregunto a veces qué pensaría mi hermana si entrara de golpe y me viera así. Seguro pensaría que me estoy volviendo loca por buscar consuelo en figuras de cartón, por eso siempre escondo el mazo debajo de mi cuaderno verde cuando escucho que alguien sube las gradas. Mi padre, con su fe católica de toda la vida, se preocuparía de otra forma, quizás rezaría un rosario extra por mi alma. Pero para mí, aprender los significados de los 78 arcanos no era ir contra Dios, era tratar de entender el diseño de mi propia tristeza.

Al principio, me costó soltar la idea de que las cartas me iban a 'decir' algo sobre mamá. En el curso explicaban la diferencia entre el tarot adivinatorio y el terapéutico. El terapéutico es como un espejo. No te dice 'tu madre está aquí', te pregunta '¿por qué te duele tanto esta parte del recuerdo hoy?'. Es una confrontación activa. Si te interesa algo más estructurado sobre el contacto, yo antes hice el Medium Certificado + Avanzado, que me ayudó a no tenerle miedo a las sensaciones, pero el tarot fue el que me dio la gramática para ordenarlas.

¿Señal o proyección? La pregunta de siempre

En el hospital he visto el significado espiritual de que se caigan cosas, y siempre trato de buscarle la lógica física primero. Con el tarot hice lo mismo. ¿Salió esta carta porque el mazo es nuevo o porque mi subconsciente la necesitaba? Un domingo de mucha neblina, de esos en los que el Misti desaparece por completo, saqué 'La Estrella'.

En el curso decían que representa la esperanza y la sanación. Pero yo no vi un futuro mágico. Vi a mi madre. La vi sentada en el balcón, con su taza de café, bañada por esa luz de domingo que tanto le gustaba. Entendí que la carta no era una promesa de que el dolor se iría, sino un recordatorio de que la paz existió y que yo tengo el derecho de volver a ella. El tarot se convirtió en un lenguaje que mi intuición ya hablaba, pero que mi mente racional no quería traducir.

Aprender para confrontar, no solo para aliviar

Aquí es donde mi opinión se separa de lo que dicen muchos manuales. La gente cree que aprendes tarot para sentirte mejor, para que una carta te diga que 'todo estará bien'. Pero mi experiencia en estos meses me ha enseñado lo contrario: aprender tarot durante el duelo sirve para confrontar activamente las verdades dolorosas que tu intuición intentaba ocultarte por protección. A veces, la carta que sale es 'La Torre', y te obliga a mirar el desastre que has hecho tratando de ignorar que la casa se quemó hace años.

Es un trabajo duro. No es sentarse a prender velas. Es estudiar, es entender por qué el número tres se repite, es vincular lo que ves en el cartón con lo que sientes en el pecho cuando pasas por el Mirador de Yanahuara y ves el banco vacío. He aprendido que el duelo no se cura, se integra. Y las cartas son como las suturas que usamos en la clínica: no quitan la herida, pero ayudan a que los bordes se junten para que pueda cerrar.

Si estás empezando y no quieres gastar mucho, el Taller de Ángeles y Lectura de Cartas Angelicales es un buen primer paso. Es más suave, menos 'crudo' que el tarot tradicional, y me ayudó en esos meses donde apenas podía levantarme de la cama sin llorar. Es como una caricia antes de la cirugía.

El cuaderno verde sigue abierto

Hace apenas un mes, terminé uno de los módulos más difíciles sobre los Arcanos Menores. Me sentía agotada. El turno en la clínica había sido largo, mucha gente mayor con problemas respiratorios por el frío de la noche arequipeña. Llegué al departamento, abrí mi cuaderno y saqué una sola carta. No buscaba una señal, solo un momento de silencio.

Salió el Seis de Espadas. Una figura en un bote, alejándose de una orilla turbulenta hacia aguas más tranquilas. No es una carta de alegría, es una carta de transición. Y ahí, en la penumbra de mi cocina, sentí de nuevo ese olor a crema de manos. Fue solo un segundo. ¿Fue una señal? ¿Fue el tarot abriéndome la nariz? ¿Fue solo mi mente cansada recordando el olor de la seguridad?

No lo sé. Y lo que he aprendido con este curso es que *no saber* está bien. El tarot no me ha dado las llaves del cielo, me ha dado una linterna para caminar por el sótano de mi propia pérdida. Si tienes esa curiosidad punzante, esa sensación de que las palabras ya no te alcanzan para describir lo que sientes cuando miras una foto vieja, quizás a ti también te sirva este camino de los arcanos. No para hablar con los muertos, sino para aprender a escuchar lo que los vivos —nosotros, los que nos quedamos— todavía tenemos que decirnos a nosotros mismos.

Ya pues, Inés, me digo a veces, guarda las cartas y duerme. Pero antes de cerrar el cuaderno verde, anoto la fecha y la carta del día. Porque cada símbolo es un paso más cerca de entender que mamá no está en el cartón, ni en el aroma, ni en el reloj que se cae. Ella está en la fuerza que tengo para seguir preguntando. Y eso, al final del día, es la única señal que realmente necesito.

Tenga en cuenta: Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.