
Una tarde de mayo, de esas donde el aire de Arequipa se vuelve tan filoso que parece que va a cortar el sillar de las paredes. Estaba en el balcón, mirando el Misti —sus 5822 metros de altura siempre me hacen sentir que mis problemas son chiquititos, casi invisibles—. De pronto, un escalofrío. Pero no fue el frío de la calle, fue algo que nació en la base de la nuca y bajó por la espalda como agua helada.
Abrí el cuaderno verde. Anoté la hora, la sensación. Ya pues, me dije, ¿esto es ella o es que dejé la puerta abierta? A veces no sé si estoy aprendiendo a escuchar o si mi cuerpo simplemente está reaccionando al vacío que dejó mamá hace cinco años.
La clarsentiencia y el cuerpo como receptor
Hace unos tres meses, cuando empecé a profundizar en el segundo módulo de mi formación online sobre mediumnidad avanzada, escuché por primera vez la palabra clarsentiencia. Básicamente, es sentir en el cuerpo lo que no se puede ver. Pero como técnica de enfermería, mi mente siempre busca el síntoma, la causa fisiológica. Si me duele el pecho, pienso en la presión; si me hormiguean las manos, pienso en la circulación.
Sin embargo, hay sensaciones que no encajan en mis libros de medicina. El curso explicaba que el cuerpo actúa como una antena. Al terminar el segundo módulo, entendí que no se trata de 'oír voces' como en las películas, sino de notar cambios sutiles en nuestra propia química. A veces es una presión suave en el hombro izquierdo —el lado que muchos asocian con la energía receptiva o maternal—, como si alguien se apoyara un segundo para ver qué estás cocinando.
He aprendido a no saltar a conclusiones. No todas las pieles de gallina son un mensaje. Muchas veces, lo que sentimos como una 'presencia' es en realidad nuestro sistema nervioso reaccionando a la incertidumbre del duelo. El miedo a no recibir una señal puede ponernos en un estado de alerta tan alto que cualquier corriente de aire se siente como un abrazo del más allá. Es importante admitir esto para no perder el suelo.
El dilema entre el hospital y la intuición
Mis jornadas en la clínica son de 12 horas. Es un ritmo pesado. Entre pacientes y medicinas, mi cabeza está llena de códigos y diagnósticos. El C25, por ejemplo, es el código para el cáncer de páncreas. Lo sé de memoria porque lo vi en los papeles de mamá y lo veo en el sistema del hospital. Mi formación me dice que el cuerpo es una máquina; mi cuaderno verde me dice que es un templo que a veces recibe visitas.
Una noche de guardia el mes pasado, mientras caminaba por el pasillo central de la clínica, sentí un calor intenso en las palmas de las manos. No tenía fiebre, no había manipulado nada caliente. Solo era ese calor. En ese momento recordé lo que leí sobre cómo la energía se manifiesta a través de la temperatura. Pero claro, siendo yo, primero busqué el termómetro. No soy mística de profesión, soy una mujer que intenta entender por qué el olor a crema de manos Nivea aparece de repente en el pasillo a las cuatro de la mañana, cuando no hay nadie cerca.
Si te pasa algo parecido, no te asustes. No necesitas ser una experta para notar que algo cambió en el ambiente. A veces, simplemente saber si eres médium o si solo eres una persona sensible empieza por aceptar que el cuerpo tiene sus propias formas de procesar la ausencia. No soy doctora, ni pretendo dar consejos médicos —siempre es mejor consultar con un profesional si sientes algo extraño que no desaparece—, pero en el silencio de la noche, algunas sensaciones se sienten demasiado específicas para ser solo biología.
Validar la sensación sin caer en la sugestión
¿Cómo sé si es mamá o si es mi mente proyectando lo que extraño? Qué bestia, es la pregunta que me hago cada domingo. He notado que las señales reales suelen ser tranquilas. No vienen con angustia. El hormigueo persistente en la nuca cada vez que me siento en el banco del Mirador de Yanahuara, frente al Misti, se siente como una compañía silenciosa. No me asusta.
Para entender estas sensaciones, he empezado a aplicar un filtro de tres pasos que aprendí en mis lecturas:
- Observación neutra: Describo lo que siento sin ponerle nombre. 'Siento calor en la mejilla derecha', en lugar de 'mamá me dio un beso'.
- Descarte físico: ¿Hay una ventana abierta? ¿He tomado mucho café hoy? ¿Es el cansancio del turno de 12 horas?
- La resonancia emocional: ¿Qué sentí en el corazón justo antes de la sensación física?
A veces, después de descartar todo, queda un residuo de algo que no puedo explicar. Como cuando encontré aquellas plumas blancas tras la muerte de un ser querido en lugares imposibles. El cuerpo reacciona a esos momentos con una paz que el sistema nervioso normalmente no conoce en medio del estrés.
El sistema nervioso y el miedo a lo invisible
Aquí es donde mi perspectiva se separa un poco de lo que dicen en algunos foros de internet. He llegado a la conclusión de que muchas sensaciones físicas intensas —esos escalofríos que te hacen saltar o la sensación de que te tocan el pelo— no son necesariamente señales directas. A menudo son respuestas de nuestro propio sistema nervioso ante el miedo a lo desconocido o la desesperación por conectar.
Cuando estamos muy ansiosos por recibir un mensaje, nuestro cuerpo entra en un estado de hipervigilancia. Cualquier roce de la ropa se convierte en una caricia. Esto no invalida el amor que sentimos, pero es importante entender que nuestro organismo está bajo mucha presión durante el duelo. Es como si el alma estuviera tratando de sintonizar una radio y el ruido estático fuera nuestro propio estrés.
He aprendido a respirar profundo cuando siento algo muy fuerte. Si la sensación se mantiene después de calmar mi respiración, entonces la anoto en mi cuaderno. Si desaparece al relajarme, entiendo que era mi propio cuerpo pidiendo un descanso del dolor.
Reflexiones desde el balcón de sillar
Ya es casi invierno de 2026. El sol se oculta temprano tras los volcanes y la luz rebota en el sillar blanco de las casas de Yanahuara, dándoles ese brillo que tanto le gustaba a mamá. Sigo escribiendo en el cuaderno verde. Sigo trabajando mis horas en la clínica y sigo sin tener todas las respuestas. Y está bien así.
Entender las sensaciones físicas no es una ciencia exacta. Es más bien como aprender un idioma nuevo que solo tú y la persona que se fue pueden hablar. No te apresures a etiquetarlo todo. A veces, un hormigueo es solo el frío de Arequipa, y otras veces... otras veces es el recordatorio de que el amor no se termina porque el cuerpo ya no esté. Si alguna vez te sientes abrumada por estas cosas, habla con alguien, busca un grupo de apoyo o conversa con un psicólogo. El camino del duelo es más fácil de caminar si no lo haces sola.
Yo me quedo aquí, con mi café y mi cuaderno, esperando a ver qué me dice el cuerpo mañana, cuando la luz del sol vuelva a tocar el Misti.