Cuaderno de Señales

Cómo interpretar las señales de ángeles en momentos de tristeza profunda

2026.06.09
Cómo interpretar las señales de ángeles y señales espirituales en momentos de tristeza profunda y duelo

El eucalipto huele distinto cuando el frío de la noche baja por Yanahuara, subiendo desde la calle hasta el barandal del balcón donde guardo el cuaderno verde. Ese olor y las señales espirituales que ando tratando de descifrar desde que mamá se fue tienen algo en común: llegan sin que una los llame, y se van igual de rápido.

Antes de seguir: en este cuaderno dejo enlaces a un par de cursos de Hotmart que tomé yo misma, y si entras por ahí me llega una comisión pequeña sin que a ti te cueste nada extra. No soy médium ni terapeuta de duelo —soy auxiliar de enfermería con un buen tramo de años detrás del mostrador de una clínica de la Av. Goyeneche— y esto que escribo es lo que voy notando, no una verdad que alguien más deba seguir.

El peso distinto del silencio en el diario de duelo

Trabajar turnos de noche en esa clínica te curte, o eso pensaba antes de perderla a ella. El departamento del tercer piso, el que ella me ayudó a comprar, se me hizo enorme apenas se fue. La esquina del salón todavía tiene esa mancha de humedad en el sillar que nunca terminamos de tapar, y el fierro del balcón cruje si me apoyo con todo el peso; son detalles que antes ni miraba y que ahora se meten en cada anotación del cuaderno verde.

¿Cómo distingo una señal real de mi cabeza cansada, buscando dónde apoyarse después de un turno largo? Esa pregunta vuelve cada vez que la tristeza deja de ser un peso y se vuelve una neblina que no se despega, ya pues, sin avisar. La intuición angelical, si es que existe, no llega con instrucciones —llega como una corazonada que hay que decidir si vale la pena anotar.

Textura de piedra sillar blanca en un balcón de Yanahuara, Arequipa, símbolo de intuición angelical en el diario de duelo

Lo que probé primero y no funcionó

Mi manera de buscar respuestas, antes del primer curso, fue peor de lo que me gusta admitir: me quedaba viendo documentales sobre experiencias cercanas a la muerte en YouTube hasta las dos de la mañana, saltando de video en video como si en el siguiente sí fuera a aparecer la explicación que necesitaba. No funcionó. Al día siguiente llegaba al turno con los ojos hinchados y la misma pregunta sin respuesta, solo que más cansada para cargarla.

Fue por esos días que Teófilo, el vecino del cuarto piso, tocó mi puerta con una pregunta sobre un libro perdido entre las torres de su biblioteca —esa que lleva años prometiéndome ordenar y nunca ordena—. No hablamos de señales ni de mamá. Solo de libros extraviados. Y salí de esa conversación más liviana que de cualquier documental de madrugada.

Estetoscopio junto a un cuaderno verde de señales espirituales durante un turno de enfermería en Arequipa

Lo que cambia cuando el curso deja de ser una lista de videos

Ahí fue cuando me metí al Taller de Ángeles y Lectura de Cartas Angelicales, buscando algo con más estructura que puro documental de madrugada. Era caro para lo que gano en la clínica, pero necesitaba dejar de improvisar. El curso no promete contacto con nadie —de eso no habla—, pero sí ayuda a poner nombre a ciertas sensaciones que antes solo anotaba como signos de interrogación.

Sigo sin tener clara la frontera entre una señal de verdad y mi imaginación tratando de calmarme, algo que ya escribí aparte en cómo saber si son señales de seres queridos o mi imaginación. No voy a repetir aquí ese argumento completo.

El olor a la crema de manos de mamá me llega casi siempre en las noches donde la tristeza pesa más, cuando ya bajé la guardia racional del turno, y ahí es donde empiezo a preguntarme si los ángeles, si de verdad existen, también eligen esos momentos de mayor bajón para acercarse. Ya escribí más sobre esto en Por qué siento olor a perfume de alguien fallecido en casa.

Meses después entré al Medium Certificado + Avanzado, y ahí aprendí que este aprendizaje no tiene atajos: cada quien avanza a su ritmo, y ya conté en otra entrada cómo fueron mis primeras semanas metida ahí adentro.

En el foro de ese curso conocí a Edelmira Parreño, que hace preguntas que incomodan un poco al principio y que después agradezco. Una vez me preguntó, sin maldad, si alguna vez había considerado que necesitaba la señal más de lo que la señal me necesitaba a mí. Qué bestia. Me quedé pensando en eso varios días.

Cartas angelicales extendidas sobre una manta andina, herramienta de intuición angelical durante el duelo y sanación

El viernes en que el reloj no pidió explicación

Cruzando el puente Grau una madrugada de regreso a casa, mirando el río Chili correr oscuro debajo, me pregunté si alguna vez iba a dejar de necesitar que cada cosa significara algo. No tuve respuesta ahí tampoco, pero fue la primera vez que la pregunta no me dolió tanto.

Para la semana cinco del segundo curso, un viernes después de un turno nocturno largo, llegué a la sala y me quedé mirando el reloj de la pared un buen rato, sin buscarle significado, sin preguntarme si mamá lo había movido, sin anotar nada todavía en el cuaderno verde. Lo miré como lo que era: un reloj marcando una hora cualquiera. Lo anoté después, eso sí, pero como dato, no como revelación.

Vista del volcán Misti desde un mirador de arcos de sillar blanco en Arequipa, paisaje ligado al diario de duelo

Buscar ayuda profesional no es rendirse

Algo que puedo decir con más peso que antes: los psicólogos especializados en duelo y los grupos de apoyo presenciales son recursos de acompañamiento profesional disponibles en México, España, Perú y Argentina, y no compiten con el cuaderno verde ni con las cartas angelicales, son cosas distintas. El diario personal y la observación de señales acompañan, pero no reemplazan la atención de alguien capacitado para sostener un proceso de duelo y sanación complicado.

Con los meses até tres ideas sueltas que ya no cambio: si tengo que forzar el significado de algo por más de un par de minutos, probablemente no es una señal; las señales de verdad suelen venir con una reacción física, calor, un escalofrío suave, algo que no es ansiedad, y no con el estómago apretado; y anotar todo, aunque parezca repetitivo, es lo único que me ha dejado ver patrones meses después en vez de solo casualidades sueltas. Escribir cada cosa que noto, aunque sea una línea, ayuda más de lo que pensaba al principio, y ya hablé en otra entrada de por qué llevar un diario de señales cambia cómo una procesa lo que ve.

Los sueños que insisten en volver al mismo lugar, noche tras noche, parecen pedir algo distinto de los que cambian siempre, aunque esa es una conversación que dejo para otro momento del cuaderno. Tampoco soy la única a la que se le ha caído algo sin explicación en un momento cargado; ese tema también lo dejé anotado aparte, para no mezclarlo todo en una sola entrada.

Si alguien me preguntara qué le llevaría de estos meses a otra persona que recién empieza a notar cosas raras después de perder a alguien, sería esto: no hace falta resolver si es señal o proyección para que la señal sirva de algo. Sirve igual, mientras una siga anotando y siga yendo también a lo que de verdad sostiene, terapia, grupo de apoyo, alguien que escuche sin interpretar. El Taller de Ángeles me dio un lenguaje para nombrar lo que sentía, no una respuesta cerrada, y con eso me basta por ahora. Si cruzas el puente Grau alguna madrugada y ves a una mujer con un cuaderno verde mirando el río, esa soy yo, todavía preguntándome lo mismo.

Tenga en cuenta: Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.