
Una madrugada, antes de que saliera el sol sobre el Misti, el olor a crema de manos de mi madre inundó el pasillo vacío de mi departamento en Yanahuara. Me detuve en seco. Eran esas notas de almendras y algo antiguo, como de botica, que ella usaba todas las noches antes de dormir. En este tercer piso, a 2335 metros sobre el nivel del mar, el aire suele ser seco y oler a nada, o quizás un poco al sillar de las paredes si ha llovido. Pero esto era distinto. Era ella.
Antes de seguir, una nota necesaria. En este cuaderno verde donde anoto mis dudas, verás links de afiliados a Hotmart. Si decides matricularte en alguno de los cursos que menciono, me dan una comisión por la recomendación, sin que a ti te cueste un sol extra. Solo escribo sobre lo que yo misma he probado o mirado en mis noches de guardia; no te tomes nada de esto como una verdad absoluta. Esto es un diario, no un manual espiritual ni mucho menos una consulta médica.
El registro en el cuaderno verde: ¿Memoria o señal?
Desde finales de octubre, he estado anotando estos momentos. Mi formación como técnica de enfermería me dice que el cerebro es una máquina de buscar patrones. Después de catorce años en la clínica, he visto cómo el cansancio y el duelo hacen que la mente juegue trucos. Pero mi cuaderno verde tiene registradas demasiadas coincidencias que la lógica médica no termina de cerrar. Por ejemplo, aquel día de octubre cuando el aroma apareció justo cuando estaba decidiendo si vender o no su juego de comedor.
Qué bestia, pensé. El olor era tan fuerte que sentí que si me volteaba la vería allí, sentada con su café de los domingos. Pero no había nadie. Solo el sol de Arequipa empezando a calentar el sillar blanco de la terraza. La ciencia llama a esto fantosmia, una alucinación olfativa. Dicen que el sistema límbico, que es donde guardamos las emociones, está pegadito al nervio olfativo. Es el sentido que más rápido nos dispara un recuerdo. Pero, ¿por qué ahora? ¿Por qué después de tanto tiempo?
La clariolfacción y lo que aprendí en las noches de guardia
Varias noches seguidas en diciembre, mientras regresaba de mis jornadas laborales de 12 horas en la clínica de la Av. Goyeneche, el perfume volvía. No era una ráfaga, era una presencia. Mi hermana dice que me estoy obsesionando, que el duelo tiene 5 etapas según el modelo de Kübler-Ross y que yo sigo estancada en la negociación. Mi padre, que es católico a su manera, dice que rece un rosario y deje de buscarle tres pies al gato. Pero ellos no estaban en el pasillo a las cuatro de la mañana.
En uno de esos turnos largos, entre paciente y paciente, abrí mi cuenta de Hotmart. Había empezado el curso de Medium Certificado + Avanzado, más que nada para entender si lo que me pasaba era común. Ahí leí por primera vez el término 'clariolfacción'. Es la capacidad de percibir olores que no tienen una fuente física. Según lo que explicaban en el módulo, los aromas son señales de 'baja resistencia'. Para una energía que ya no tiene cuerpo, es mucho más fácil manifestar una molécula de olor que mover un objeto pesado.
Me preguntaba si estaba proyectando mi soledad en el aire o si realmente ella estaba tratando de decirme que el café de los domingos sigue siendo nuestro. El aroma era a veces metálico, como la piedra sillar mojada, mezclado con ese perfume floral de mamá. Lo más extraño fue cuando ocurrió justo cuando el reloj de la cocina se detuvo. El mismo reloj que ella me ayudó a colgar cuando compré este departamento en 2015.
¿Por qué perfume y no otra cosa?
Después de tres meses de registro constante en mi cuaderno, me di cuenta de que el olor no era aleatorio. Aparecía en momentos de duda. Hay una parte de nosotros que se niega a creer que la conexión se corta con el último suspiro. En el curso de Taller de Ángeles y Lectura de Cartas Angelicales, que fue el primero que curioseé, decían que los olores dulces suelen ser de guías, pero los perfumes específicos son 'firmas' de identidad.
Es una forma de decir: "Sigo aquí, Inés, ya pues, no te preocupes tanto". A veces, cuando el cansancio de la clínica me vence, ese olor a crema de manos funciona como un sedante. No necesito que se mueva una silla ni que me hable al oído. El olor es suficiente. Es sutil, no invade, solo acompaña. Es distinto a cuando llegas a soñar con madre fallecida en un mismo lugar, donde la imagen es la que manda. Aquí, el sentido es puramente visceral.
He llegado a pensar que quizás oler su perfume es un mecanismo psicológico de mi propio cerebro para procesar el duelo. Una forma de mi inconsciente de traerme su consuelo cuando sabe que ya no puedo más. Si es una señal externa o una proyección interna, a estas alturas, ya no me importa tanto. Lo que importa es el efecto que tiene en mi pecho: el nudo se deshace.
Validar lo que sentimos sin miedo al juicio
Una mañana fría de mayo, mientras miraba el Misti desde mi balcón, entendí que no tengo que explicarle esto a mi hermana ni a mi padre. No soy médium, no soy consejera de duelo, solo soy una mujer que extraña a su madre y que ha decidido no ignorar lo que siente. Si tú también sientes ese perfume de pronto, no pienses que te estás volviendo loca. A veces, la mente necesita puentes para cruzar el abismo de la ausencia.
Por supuesto, si estos olores vienen acompañados de otros síntomas o si el dolor te impide levantarte para ir a trabajar, busca a un profesional. Yo misma hablé con una psicóloga de la clínica hace un año porque sentía que el duelo me ganaba. No hay que confundir una señal con una depresión clínica. Hay que cuidar el cuerpo para poder escuchar el alma, como decía una de las profesoras del curso.
Mi cuaderno verde sigue llenándose. A veces paso semanas sin sentir nada, y luego, de la nada, un rastro de lavanda o de esa crema de almendras aparece mientras lavo los platos. Ya no me asusta. Ahora simplemente digo "hola" en voz baja y sigo con mi día. Al final, el amor no se evapora, solo cambia de estado, como la neblina que baja de las montañas de Arequipa por la tarde.
Conclusiones desde mi balcón en Yanahuara
Si has llegado hasta aquí buscando una respuesta técnica, quizás te decepcione saber que no la tengo. Lo que tengo es mi experiencia. Siento que el perfume es una invitación a la pausa. En este mundo que corre tanto, que una esencia te detenga en un pasillo es casi un milagro cotidiano. He aprendido a no sobreanalizar. Si el olor me trae paz, lo acepto. Si me trae tristeza, lloro y luego sigo.
He probado varias herramientas para navegar este mar. El curso de Medium Certificado + Avanzado me dio la estructura que mi mente de enfermera necesitaba, aunque costó un esfuerzo pagarlo. Si tú estás empezando y quieres algo más ligero, el Taller de Ángeles es una entrada más suave. Lo importante no es el curso en sí, sino el permiso que te das a ti misma para explorar estas dudas.
Mañana tengo turno temprano. Me pondré mi uniforme blanco, cruzaré el puente Grau y veré el sol golpear el sillar. Y si al regresar, el pasillo huele a almendras, sonreiré. Porque al final, lo único que realmente importa es que el vínculo no se ha roto, solo se ha vuelto más sutil, como un perfume que flota en el aire de la tarde.
Recuerda siempre que cada proceso es único. Lo que yo anoto en mi cuaderno verde es mi verdad, pero tú tienes la tuya. No dejes que nadie te diga qué debes sentir o qué es "real". Si ese aroma te ayuda a sanar, entonces es real para ti, y eso es lo que cuenta. Ya pues, descansa y deja que el corazón también haga su trabajo de notar lo que la vista no alcanza.