Un turno de doce horas en la clínica se mide todo: presión, saturación, minutos exactos entre una ronda y otra. Un curso de mediumnidad online para principiantes no mide nada de eso, y esa diferencia es justo la primera pregunta que me hacen cuando cuento que llevo un tiempo metida en esto: si no hay números que lo confirmen, ¿cómo sabes que estás aprendiendo algo real y no solo consolándote?
Aclaro esto antes de seguir: en este texto hay enlaces de afiliados a Hotmart. Si te matriculas en alguno de los cursos que menciono a través de ellos, recibo una comisión sin que a ti te cueste nada extra. Escribo solo sobre lo que yo misma he cursado entre guardia y guardia, nunca sobre lo que me pagan por recomendar. Esto es mi cuaderno de duelo y espiritualidad hecho público, ya pues, no una guía de verdades cerradas.
Lo que enseña en realidad un curso de mediumnidad para principiantes
La respuesta corta es: estructura, no contacto. Ningún módulo promete ponerte en línea directa con quien se fue. Lo que sí entrega, si el curso es serio, es una forma de practicar algo que antes hacía sin método: notar. Notar la diferencia entre un pensamiento mío, que suele ser ruidoso y con ansiedad, y una impresión que llega más callada, casi como un susurro que simplemente está ahí. En la clínica reconozco esa misma calma un segundo antes de que un paciente se descompense; el curso solo le puso nombre a algo que mis manos ya sabían hacer. Esa es la intuición personal de la que habla tanto el material del curso, no un don nuevo caído del cielo, sino algo que ya tenía y no sabía nombrar.
Ese aprendizaje no es magia, es repetición. Se parece más a entrenar una técnica nueva en la clínica que a encender una vela y esperar. La disciplina importa: si no haces los ejercicios, no hay señal que notar, ni real ni imaginada. También cambia la validación; dejé de necesitar que alguien más me confirmara si lo que sentía contaba. Y aprendí a separar el llanto de la búsqueda mística: a veces llorar es solo llorar, sin que haga falta encontrarle un mensaje oculto a cada lágrima.
Las preguntas que llegan primero
Las preguntas más difíciles casi nunca son sobre el curso en sí, sino sobre mí. Ahí está el olor a perfume de alguien fallecido en casa, como me pasó con la crema de manos de mamá una madrugada de invierno en una habitación vacía: lo sentí denso, real, y no lo he racionalizado más allá de eso. Está también el reloj de la cocina que se cayó solo, el día de su santo, cosa que tampoco me puse a explicar entonces ni ahora — algunas cosas las dejo así, sin cerrarlas del todo.
Elegir el primer curso sin saber qué preguntar
Empecé por lo más barato, casi por miedo a comprometerme del todo: el Taller de Ángeles y Lectura de Cartas Angelicales. Me sirvió para ponerle nombre a ciertas sensaciones, aunque estaba más pensado para leer cartas de forma sistemática que para acompañar un duelo. Le faltaba, para lo que yo buscaba, esa pregunta de fondo: ¿esto es real o es proyección?
Con esa duda todavía abierta, me matriculé después en el Medium Certificado + Avanzado. Tenía una comunidad de estudiantes activa, útil cuando dudas tanto como yo dudaba, y un nivel avanzado que no encontré en el primero. Me dio algo de confianza ver que sostenía una puntuación de 4.1 en Hotmart, nada de esos cursos que prometen resultados en dos días. Ojo: la palabra "Certificado" es del vendedor, no una acreditación oficial de ningún colegio profesional, y así la tomé yo — como una guía, no como un título colgado en la pared.
Lo que probé antes de buscar un curso, y no sirvió
Antes de cualquier módulo online, probé lo que se supone que ayuda: fui a misa todos los domingos, como hacía mi papá, esperando que eso llenara algo. No llenó nada. Salía de la iglesia con la misma pregunta intacta, capaz que un poco más pesada, porque encima sentía que debía fingir un consuelo que no tenía.
Cuento esto porque las preguntas de lectoras casi siempre empiezan igual: "¿probaste esto o aquello antes?". Sí, probé cosas que no eran un curso de mediumnidad y no funcionaron para mí — lo cual no significa que no le sirvan a otra persona, solo que en mi caso la estructura que necesitaba no estaba ahí.
El silencio en la práctica de la notación
No, y eso fue lo que más me sorprendió. Una de las lecciones que más se me quedó es que aprender esto a veces pide una especie de sobreestimulación controlada: saturas el cerebro lógico con ejercicios rápidos hasta que suelta el control y deja asomar la parte más suave, la intuitiva. Qué bestia, nunca lo hubiera pensado así antes de probarlo.
Con Azucena, mi compañera de tantos turnos de noche, caminé una tarde por el Parque Selva Alegre, entre los eucaliptos que bajan hacia el río Chili. Le conté esto de saturar el cerebro para soltarlo y ella soltó una de esas risas suyas que parten cualquier silencio pesado en dos. "Y yo pensando que meditar era quedarme calladita", me dijo. Tenía razón para reírse: a 2335 metros de altitud el silencio de Arequipa por las noches ya es bastante profundo, y aun así el curso insistía en llenarlo de ejercicio antes de pedir quietud.
La pregunta que me repite Clarita desde Oaxaca
Clarita, una lectora de Oaxaca que me escribe cada tanto desde que dejó un comentario larguísimo en el blog, me mandó hace poco un mensaje sobre esto mismo. Como hace siempre, lo cerró con una pregunta que se queda ahí, sin que yo tenga cómo resolverla del todo: si el sueño con mi madre fallecida en un mismo lugar vuelve una y otra vez, ¿es ella o es solo mi mente ordenando lo que no quiere soltar?
No tengo una respuesta limpia para eso, ni creo que la vaya a tener nunca. Lo que sí le respondí, y lo que hago yo misma, es anotarlo apenas despierto, sin editarlo, sin decidir todavía qué significa. El curso terminó poniéndole nombre a algo que ya hacía sola desde antes: llevar un diario de señales, aunque yo solo lo llamaba mi cuaderno verde. Esto se conecta con otra pregunta que me hacen seguido: cómo sé si son señales de seres queridos o mi imaginación. No siempre sé. Hay días en que distingo el peso distinto de una intuición, y días en que no; ahí la honestidad importa más que la certeza.
Mediumnidad y terapia de duelo
Tampoco, y cualquier curso serio te lo va a decir de frente. Yo sigo yendo a mis chequeos, porque una cosa no quita la otra. Si sientes que la tristeza te gana y no puedes levantarte de la cama, eso ya no es tarea de un módulo online, es tarea de un profesional de salud mental, y ningún taller espiritual debería pedirte que esperes a que se te pase sola.
Si igual quieres empezar y el dinero es la preocupación principal, sin que te interese tanto el duelo como el tarot en sí mismo, existe el CURSO DEL TAROT como entrada barata — aunque para mí, que buscaba algo más cercano a señales y pérdida, no terminó siendo lo mío. Mi consejo, si me preguntas directamente, es aterrizar primero en un curso que hable de discernimiento y de duelo, no en el más místico ni en el más económico.
Hace unas semanas ordené el clóset de mamá, la ropa que llevaba años sin tocar, y noté que las manos no me temblaban mientras doblaba cada prenda. Después me serví un té y me senté frente al Misti, sin buscar nada, solo mirando el volcán. Ese momento, más que cualquier módulo terminado, fue cuando entendí que la pregunta ya no me pesaba igual, aunque siga sin tener una respuesta cerrada. Mi cuaderno verde sigue llenándose, pero el tono ya no es de angustia, y esa diferencia sola valió el rato de duda.