Una tarde lluviosa de noviembre, de esas donde el cielo de Arequipa se pone de un gris pesado que parece aplastar el Misti. Salía de mi turno en la clínica, con los pies pidiéndome tregua y el olor a desinfectante todavía pegado a la nariz. Subí al taxi en la Avenida Ejército. El conductor, un señor mayor con un rosario colgando del retrovisor, no decía nada. De pronto, subió el volumen. Empezó a sonar Camilo Sesto. Esa canción que mi madre ponía los domingos mientras limpiaba las ventanas del departamento de Yanahuara, cuando todavía tenía fuerza en las manos y el cáncer era algo que solo les pasaba a otros.
Sentí un nudo en la garganta, uno de esos que no te dejan ni pasar saliva. No fue solo la música. Fue que, segundos antes, yo estaba pensando en si ella estaría orgullosa de que sigo manteniendo sus plantas de romero vivas. Ya pues, me dije, es solo la radio. Pero el taxi se detuvo por el tráfico y la letra decía exactamente lo que yo necesitaba escuchar en ese silencio. Saqué mi cuaderno verde de lino del bolso. Escribí la hora, el lugar y la canción. ¿Fue ella o fue la radiofórmula? Todavía no lo sé, pero el escalofrío que me bajó por la nuca fue real.
El fenómeno de la radio y la frecuencia del recuerdo
Desde que mamá se fue a principios de 2021, he aprendido que el duelo no es una línea recta, sino más bien como las ondas de una radio antigua que buscas sintonizar en medio de la estática. En el curso de médium que empecé en Hotmart a mediados del año pasado, hablaban mucho de la energía, pero yo, que paso mis días entre tensiómetros y sueros, necesito algo más físico. Me puse a investigar un poco en el balcón, viendo cómo la luz de la tarde golpeaba el sillar blanco de la iglesia de Yanahuara.
La radiodifusión en FM opera en un rango estándar, de 87.5 a 108.0 MHz. Es un espacio físico, medible. Sin embargo, hay momentos en que una melodía rompe esa lógica estadística. No es que la canción no deba estar ahí —las radios tienen sus listas programadas—, sino que la coincidencia con nuestro estado interno es lo que genera la chispa. A veces me pregunto si lo que llamamos señales no es más que nuestra propia pareidolia acústica: el cerebro buscando desesperadamente un patrón de amor en el ruido blanco del mundo.
Hace unos cuatro meses, anoté en mi cuaderno que esto sucede más seguido cuando dejo de buscar. Si voy por la calle San Juan de Dios forzando el oído para escuchar 'su' canción, no pasa nada. Pero cuando estoy distraída, comprando pan o subiendo las gradas del edificio, la música me encuentra. Es como si el límite superior del oído humano, que llega hasta los 20,000 Hz, no fuera suficiente para captar lo que el corazón sí entiende.
Diferenciar la coincidencia de la sincronicidad musical
No todas las canciones son mensajes. Qué bestia sería si cada vez que suena un reguetón en la esquina pensara que es mamá saludando. Para mí, el proceso de discernimiento es vital para no volverme loca. En mi cuaderno verde tengo una regla: para que cuente como algo que 'noto', tiene que cumplir tres cosas. Primero, la canción debe tener un vínculo emocional directo y privado. Segundo, debe aparecer en un lugar inusual. Tercero, debe responder, aunque sea de forma oblicua, a una conversación interna que estoy teniendo en ese preciso instante.
Durante varias semanas seguidas a finales del año pasado, escuchaba un bolero específico cada vez que entraba a la cocina a las cuatro de la mañana. Al principio me asusté. ¿Será que el vecino tiene el mismo horario de insomnio? Luego me di cuenta de que era una radio lejana, quizá de un guardia de seguridad de la cuadra. Pero lo curioso era que siempre empezaba justo cuando yo abría el frasco de café. Ese olor a café mezclado con el recuerdo de su crema de manos... es una sensación que no se puede explicar con lógica de enfermera. Si te interesa profundizar en esto, hace un tiempo escribí sobre cómo saber si son señales de seres queridos o mi imaginación, porque esa duda siempre está ahí, como una sombra.
He llegado a pensar que interpretar estas canciones como algo puramente externo, como un 'fantasma' moviendo las perillas de la radio, es limitarnos. Quizá es algo más profundo. Quizá es nuestra propia mente la que, en un estado de duelo agudo, proyecta esos recuerdos sobre la realidad para ayudarnos a procesar la ausencia. Es una forma de autogestión emocional que el cerebro hace para que el vacío no duela tanto. No es menos real por ser psicológico; al contrario, es una prueba de cuánto amor sigue guardado en nuestras neuronas.
El momento en la clínica: cuando el aire cambia de densidad
Trabajar en una clínica privada en el centro de Arequipa te hace ver la vida de otra manera. Aquí todo es aséptico, blanco, ordenado. Pero hace un par de meses, mientras esperaba que terminara el turno de noche, pasó algo que me hizo soltar el lapicero. En el hilo musical de la sala de espera, que normalmente solo pone instrumentales modernos de esos que no dicen nada, empezó a sonar una versión en piano de 'La Flor de la Canela'. Era la canción favorita de mamá para bailar en los cumpleaños.
Un piano estándar tiene 88 teclas, y cada una produce una vibración distinta. Pero esa tarde, el aire en la sala de espera pareció volverse más denso, como si la presión atmosférica hubiera cambiado de golpe. Sentí ese escalofrío que empieza en la nuca y baja por los brazos, justo cuando la melodía llegaba al coro. Yo estaba pensando en si debía vender su juego de comedor o conservarlo un año más. La respuesta no vino en palabras, sino en la paz que me trajo la música.
Anoté en el cuaderno: '18:45, sala de espera Av. Goyeneche. Piano. ¿Señal? Se sintió como un abrazo frío pero necesario'. No soy consejera de duelo, solo soy una enfermera que anota cosas, pero creo que estos momentos son válvulas de escape. Si el duelo es una presión constante en el pecho, la música es el orificio por donde sale un poco de vapor. Aun así, si sientes que la tristeza te gana y ya no puedes ni levantarte para ir a trabajar, por favor, busca a un psicólogo profesional. Yo misma tuve que hablar con uno en 2022 porque ya no distinguía el cansancio de la pena.
Cómo registrar tus propias señales musicales
Si estás pasando por esto, te recomiendo llevar un diario. No tiene que ser un cuaderno verde de lino como el mío, cualquier libreta sirve. El acto de escribir saca la experiencia de la cabeza y la pone en el papel, donde puedes verla con más claridad. A veces, al releer entradas de hace meses, me doy cuenta de que había un patrón que no vi en su momento. La sincronicidad, como decía Carl Jung, no es causalidad, sino una coincidencia con significado.
- Anota la fecha y la hora aproximada (sin obsesionarte con los segundos).
- Describe qué estabas sintiendo o pensando justo antes de que empezara la música.
- Registra la reacción de tu cuerpo: ¿se te erizó la piel?, ¿sentiste calor en el pecho?, ¿dejaste de llorar de golpe?
- No intentes forzar el significado. A veces una canción es solo una canción, y eso también está bien.
A veces uso herramientas distintas para calmar la mente antes de escribir. Por ejemplo, he encontrado que algunos pasos para usar el tarot y conectar con la intuición personal me ayudan a abrir el pensamiento, no para adivinar el futuro, sino para entender mi presente. Es como si las cartas fueran otra forma de música visual que me ayuda a interpretar lo que el cuaderno verde intenta decirme sobre mamá y su ausencia.
El cuaderno ya no busca pruebas, sino consuelo
Un domingo por la mañana, hace poco, estaba en el balcón con mi café. El sol de Arequipa ya quemaba un poco. Una radio lejana, de esas que ponen los vecinos que lavan sus carros en la calle, empezó a tocar una melodía que yo creía olvidada. Era un vals viejo. Cerré los ojos y, por un momento, el olor a sillar mojado por el riego de las macetas me transportó a 2015, cuando compramos este departamento con la ayuda de mamá.
En ese momento entendí algo que los cursos de Hotmart no te dicen tan claramente: no importa si la señal es 'real' en un sentido físico o si es una proyección de mi cerebro herido. Lo que importa es el efecto que tiene en mí. Si esa canción me permite sonreír por primera vez en tres días, entonces ha cumplido su propósito. Mi mente genera estas proyecciones porque el amor no se corta con la muerte; se transforma en una frecuencia que seguimos intentando sintonizar.
Ya no busco demostrarle nada a mi hermana (que se preocuparía) ni a mi padre (que rezaría un rosario por mi salud mental). Escribo para mí. Escribo porque, aunque soy una mujer de ciencia que pone inyecciones y revisa signos vitales, también soy una hija que extraña el sonido de una voz. Y si esa voz viene envuelta en una canción de Camilo Sesto en un taxi por la Avenida Ejército, pues ya pues... la acepto con gratitud. Al final, estar lo suficientemente quieta para que la melodía te encuentre es, quizás, la mayor forma de meditación que existe en este rincón de Yanahuara.