
Una tarde de neblina en Yanahuara, hacia finales de mayo. El sol se ocultaba tras el Misti y sentí un escalofrío que no era por el clima de la sierra. Intentaba recordar el aroma de la crema de manos de mamá, pero algo se sentía denso. Como si hubiera dejado la puerta abierta a cualquier visita.
Escribo esto en el cuaderno verde mientras termino mi turno de noche. Ya pues, una siempre tiene miedo de 'invocar cosas', como dice mi papá. Él es católico y se preocupa de una forma distinta, pero su miedo se me pegaba. Durante las primeras semanas de mayo, cada vez que sentía una señal —un reloj que se detiene, un olor repentino— me quedaba agotada. Vacía. Como si me hubieran drenado la energía en la clínica tras un turno doble de dieciocho horas.
El miedo a la puerta abierta y la higiene energética
En mi trabajo como asistente de enfermería, sabemos de protocolos. No entras a una sala de aislamiento sin el EPP correcto. Es lógica pura. Pero en lo espiritual, yo andaba sin guantes. Cuando mamá murió de ese cáncer de páncreas en 2021 —qué bestia cómo dolió, y pensar que solo afecta al 3% de los pacientes oncológicos según los datos que manejamos en la clínica— me quedé tan abierta que cualquier ráfaga me golpeaba.
Me di cuenta de que necesitaba una 'protección'. No un ritual místico con velas negras, sino algo más parecido a la higiene que practico antes de una curación. Si no te lavas las manos, contaminas la herida. Si no te proteges antes de buscar una señal, contaminas tu propia paz. Empecé a investigar sobre esto después de terminar el segundo nivel de mi curso online, buscando cómo cuidar mi espacio sin cerrarme por completo a ella.
A veces, saber si soy médium tras experimentar señales es menos importante que saber cómo mantener la casa limpia, por dentro y por fuera. No soy experta, ojo. Soy enfermera. Pero el cuerpo avisa cuando la energía no es limpia. Es esa presión en la boca del estómago, muy similar a cuando recibimos una emergencia de código rojo en la clínica. Un aviso de que algo no está en su sitio.
El error de los escudos de acero
Aquí es donde mi opinión se desvía de lo que leí en algunos foros. Muchos dicen: 'imagina una cúpula de acero, una pared infranqueable'. Yo lo intenté una tarde fría de julio, sentada en el balcón del tercer piso. Pero me sentí aislada. La visualización de escudos protectores tan rígidos bloquea la recepción de mensajes. Creas una barrera tan pesada que impides la frecuencia vibratoria necesaria para notar lo sutil.
Si construyes un muro de hormigón, no escuchas el viento. Y las señales de mamá son como el viento: ligeras, casi imperceptibles. Para entender sensaciones físicas al intentar conectar, necesitas porosidad, no una armadura. La protección debe ser un filtro, no un búnker.
El ancla de sillar: Mi técnica personal
Una noche, después de un sueño intenso donde ella estaba otra vez en el Mirador de Yanahuara, me desperté agitada. Salí al balcón. Toqué la pared de mi departamento. Sentí la textura rugosa y fría del sillar contra mis palmas. El sillar es piedra volcánica, blanca, sólida pero llena de poros. Es la identidad de Arequipa, a 2335 metros sobre el nivel del mar.
Esa piedra me dio la clave. Ahora, antes de abrir mi cuaderno verde o de sentarme a esperar nada, visualizo que mi energía es como el sillar de mi balcón. Sólida para sostenerme, pero con esos pequeños poros que permiten que la luz pase.
- Enraizamiento: Imagino que mis pies se hunden en la tierra arequipeña, buscando la base del Misti.
- La intención: Digo en voz baja: "Solo permito lo que viene del amor y la luz de mamá".
- El filtro: Visualizo una luz blanca, pero no como una pared, sino como una gasa médica limpia que deja pasar el aire pero atrapa el polvo.
La importancia del cansancio post-señal
Si después de notar algo —como el olor a su crema de manos a las 4am— te sientes exhausta, es que tu protección falló. No porque haya 'espíritus malos', sino porque tu propio sistema nervioso no estaba regulado. Yo no tengo formación médica superior ni soy psicóloga, solo soy una asistente que observa. Y he observado que el duelo nos deja sin defensas.
Es vital recordar que esto no sustituye la ayuda profesional. En la clínica siempre decimos: si el dolor es persistente, ve al especialista. Con el duelo es igual. Si sientes que estas señales te quitan la calma en vez de dártela, habla con un psicólogo o acude a un grupo de apoyo. Lo que yo escribo aquí son solo mis anotaciones en un cuaderno verde frente al volcán.
Incluso cuando aprendes cómo desarrollar la mediumnidad mental, el primer paso que enseñan es el cierre. Saber abrir la sesión, pero sobre todo, saber cerrarla. Como cuando terminas un procedimiento en la clínica: te quitas los guantes, los desechas, te lavas las manos y vuelves a tu vida. No te llevas el hospital a casa.
Protección es también poner límites
A mediados de este invierno, entendí que poner límites en lo espiritual es un acto de respeto. Hacia mí y hacia ella. No puedo estar 'disponible' las veinticuatro horas. La protección también es decir: "Hoy no, hoy necesito ser solo Inés, la que toma café y mira el Misti".
El volcán Misti tiene 5822 metros de altura. Está ahí, imperturbable, pero a veces se cubre de nubes y desaparece. Él sabe cuándo mostrarse y cuándo protegerse tras la neblina. Nosotros deberíamos hacer lo mismo. No soy médium certificada, solo soy alguien que intenta no perderse en el misterio.
Al final, la mejor protección es estar presente en el cuerpo. Sentir el frío del sillar, el calor del café, el peso de mis propios pies en el piso de Yanahuara. Si estoy bien anclada aquí, a 2335 metros de altura, puedo mirar hacia el otro lado sin miedo a caerme.